Morena en San Luis Potosí tiene un problema de física elemental que ya advirtió su dirigencia nacional: mucho ruido y poca masa. Mientras figuritas y liderazgos locales se despedazan en redes, el partido sigue siendo un gigante con pies de barro estructural.
El pasado sábado, la dirigencia nacional trajo a domicilio un mensaje contundente. No fue una sugerencia para los convocados, fue un manotazo en la mesa. Sin celulares de por medio, la instrucción fue clara: guarden las navajas y saquen los tenis para caminar.
En el Altiplano y la Huasteca, Morena padece de “hiper-protagonismo estéril”. Brillan lenguas viperinas en el golpeteo mediático, pero que son incapaces de movilizar una sección electoral sin ayuda del centro. A estos personajes, como no queriendo, les leyeron la cartilla.
La visibilidad basada en descalificar al compañero no construye partido; solo alimenta la derrota. El mensaje fue directo: si gastas tu energía atacando internamente, le estás trabajando a la oposición.
El adversario no es el morenista de la silla de al lado. El adversario es la irrelevancia política en un estado que Morena aún no termina de conquistar. Quien no entienda esto, sobra en la estructura del 2027.
La revelación más sísmica de la reunión fue sobre la alianza con el Partido Verde. Se dijo con todas sus letras: el escenario de la esposa del gobernador como candidata oficial de Morena está, literalmente, descartado.
Este deslinde es vital. Morena necesita identidad propia, no ser un satélite de la familia reinante en el estado. El pragmatismo tiene límites, y en San Luis Potosí, el límite se llama dignidad de marca y autonomía política.
Para 2027, el partido guinda busca ganar por mérito, no por herencia. Si bien los tiempos definirán otras coaliciones. La orden de trabajo es clara: unidad y estructura. Menos “likes” en ataques digitales y más comités de base reales. El Morena potosino debe elegir entre ser un club de la pelea donde el Verde apuesta y gana siempre o una maquinaria electoral seria.
El arranque operativo ya comenzó. El centro ya puso las reglas; ahora falta ver si la militancia local tiene la madurez para soltar el celular, amarrarse la lengua si no tienen nada bueno qué decir del compañero y agarrar la agenda.
¿Podrán los liderazgos potosinos anteponer el proyecto al hígado? La historia dice que no, pero la dirigencia nacional ya advirtió que la paciencia se agotó. Es momento de chambear o de quitarse del camino.

