Fotos: Nataly Cárdenas
“Yo seré parte del cambio”, se leía en una hoja morada tamaño carta que portaba a modo de capita un bebé envuelto en una frazada azul decorada con un enorme oso. El menor de edad recorrió las calles del Centro Histórico de la capital potosina en los brazos de su mamá, quien a cada paso coreó las consignas de la marcha del 8M.
Madre e hijo formaron parte de una movilización integrada por miles de personas que, como cada año, recordaron a las autoridades, pero sobre todo a la sociedad, la persistencia de todo tipo de agresiones contra las mujeres, desde la violencia física, psicológica y sexual, hasta la económica, emocional, patrimonial, política, digital, simbólica, obstétrica y feminicida.
La marcha se dividió en varios contingentes: familias víctimas de feminicidio, madres buscadoras, mujeres con discapacidad, cuidadoras, embarazadas, madres, adultas mayores, maestras, familiares de mujeres privadas de la libertad, universitarias, mujeres sobre ruedas, danzantes, sahumadoras y todas aquellas mujeres que decidieron alzar la voz.
Desde el inicio de la movilización se mezclaron todas las clases sociales, edades y profesiones. Lo mismo había regidoras, integrantes de partidos políticos y trabajadoras universitarias, que amas de casa, comerciantes y artistas, pero el sentir era el mismo: el hartazgo por las injusticias cotidianas en un país en el que la violencia se ha normalizado.
“El amor no duele, no humilla, no controla”, “Si te pega no te ama”, “Por las que se enamoraron y las violentaron”, “No fue, es, ni será tu culpa”, “Yo te creo aunque no hayas denunciado”, “Vivas, libres y sin miedo”, “Yo sí te creo aunque aún duela hablar”, fueron algunas de las consignas que recordaron esa violencia que muchas veces ejercen quienes más cerca están, pero que por temor de sus víctimas no son denunciados.
Muchas de las participantes en la movilización acudieron acompañadas por sus hijas e hijos, esos que están en proceso de crecimiento y que ojalá logren reescribir la historia.
“Ellas no están solas, pronto voy a crecer”, decía la pancarta de un niño. A unos metros, una mujer portaba un letrero: “Quiero que toda niña sepa que su voz puede cambiar al mundo” y a su lado, una menor de edad la acompañaba con la consigna: “Respeta mi existencia o espera resistencia”.
También hubo quienes lanzaron mensajes de alerta: “¿A qué mujer de tu vida tendrían que matar para que te preocupe la violencia de género?”, “Si no entiendes el motivo de la marcha es porque eres parte del problema”, “Ya basta, quiero vivir sin miedo”, “Tengo miedo de un día no recibir el mensaje de mis hermanas o mis amigas diciendo: ‘Ya llegué’”.
Otras mujeres optaron por abordar la violencia de género desde la profesión: “En los medios no solo somos imagen, somos pensamiento, análisis y voz”, “Les molesta el machismo pero no su colega misógino”, “Quiero que todas mis alumnas sepan que su voz puede cambiar al mundo”, “No queremos ventaja, queremos la misma escalera”, “La maestra luchando también está enseñando” y una frase irónica, pero contundente: “Las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan… pero menos, por la brecha salarial”.
Sobre la calle Chicosein, un menor de edad, con una sonrisa que transmitía una enorme empatía, invitaba sin necesidad de una sola palabra a las mujeres que pasaban frente a él a mirarse en un espejo, en el que se podía leer: “Te miran bonita, tú mírate poderosa”. En contraste, hubo quienes desde una vivienda ubicada en Eje Vial, arrojaron piedras a la enorme columna de mujeres, la mayoría de ellas ataviadas con prendas moradas.
Tampoco faltaron las mascotas, algunas se estresaron por el sonido de los cohetes detonados por el “bloque negro”, y en Fundadores se reportó que un perrito se había extraviado, aunque horas después trascendió que ya estaba a salvo con su familia. “Menos machitos, más michitos”, “Hasta yo sé que no es no”, “Y si mi humana no vuelve, ¿quién me cuida?”, “Marcho por las perritas violadas”, “Si mi Karen no regresa, quemen todo”, decían algunos de los letreros que llevaban los acompañantes de cuatro patas.
Y la inseguridad que perciben las mujeres en la vía pública también se hizo notar a través de leyendas como: “¿Te imaginas poder caminar sin que te albureen, te piten o abusen de ti? ¡¿Neta es mucho pedir?!”, “Ojalá la sociedad señalara más a los agresores que a las feministas” y “¿Por qué algo tan sencillo como regresar a casa es un privilegio?”
En la Fiscalía General del Estado, mientras las familias de víctimas de feminicidio expresaban sus mensajes, el “bloque negro” arrojaba piedras y huevos a las oficinas, además de romper candados y quitar las cadenas que protegían la puerta principal.
También en las bardas del Congreso del Estado, el Palacio de Gobierno y la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, así como en las fachadas de algunos negocios quedaron las pintas y evidencias del paso de la marcha, además de mensajes como: “Ley esposa a modo”, “No está bien tener violentadores en el poder”, “Ojalá la UASLP cuidara a sus alumnas como a su puerta”, “La violencia no se ejerce, también se legisla”. Los vidrios y puertas fueron blindados desde días antes para evitar daños. Aun así, las pancartas que miles portaron durante la movilización, fueron recolectadas para que ardieran frente a las puertas del Edificio Central.
El recinto que se llevó la peor parte fue el templo de La Compañía. Mientras el grueso de la marcha se diluía, personas vestidas de negro y con el rostro cubierto destrozaron una cruz de cantera y quemaron la puerta de madera, además de romper unos vidrios y plasmar leyendas con aerosol. En respuesta, esta mañana se realizó sobre la plancha de Fundadores una misa de desagravio.
Pocas personas fueron quienes participaron en las acciones contra los recintos, miles más fueron las que alzaron la voz a cada paso que daban para exigir justicia y sobre todo, para vivir sin miedo, con la esperanza de que las nuevas generaciones -incluyendo al bebé de la capita morada- crezcan en un país libre de violencia contra la mujer.

