La clausura del tiradero El Zapote por Profepa no es una sorpresa. Es el hedor insoportable de una negligencia política.
El alcalde actual es del Partido Verde Ecologista de México y la administración municipal anterior, también.
El hoy gobernador del Estado, Ricardo Gallardo Cardona, comparte este bochornoso historial de omisión y fracaso ambiental.
Gallardo, que ahora actúa bajo el paraguas del PVEM, franquicia política con la que opera, tiene la espalda cargada de esta tierra. Gobernó Soledad con el registro del PRD, sí. Pero la continuidad de su grupo político es innegable. Y con ello, la herencia de un problema que debió ser prioritario pero como “no da votos” no se atiende.
El tiradero de El Zapote es un monumento a la incompetencia de los gobiernos “verdes” y de sus predecesores inmediatos.
Llevan años en el poder municipal. Años sin, siquiera, adecentar el manejo de la basura. No hablamos de grandes obras faraónicas, coloridas o “populares”. Hablamos de higiene pública, de salud elemental. De la obligación básica de cualquier administración municipal: recolectar y disponer dignamente los desechos.
El cierre realizado por Profepa es el acta de defunción de su política ambiental. La falta de control de lixiviados, el impacto al suelo y, sobre todo, al aire. El abogado ambientalista Luis González Lozano lo ha señalado hasta la saciedad: la calidad del aire en la zona metropolitana es terrible.
Y es una responsabilidad que va más allá del municipio. El Gobierno del Estado, con Gallardo a la cabeza, no puede hacerse el desentendido. Tiene la obligación constitucional de mejorar la calidad ambiental de sus ciudadanos.
Los gobiernos “verdes” lo son de nombre. Una y otra vez, se exhibe la nula voluntad de invertir en un relleno sanitario moderno.
De impulsar tecnologías de reciclaje o, al menos, un manejo que no sea a cielo abierto. Se gobierna con el color y el nombre del “ecologismo”, mientras se contamina sin pudor.
El Zapote no solo es basura; es el reflejo de una clase política que usa el poder para todo, menos para lo esencial.
Para lo que realmente afecta la vida y la salud de miles de habitantes de Soledad y de la capital, la clausura es un correctivo necesario. Pero la solución no vendrá de una multa.
Vendrá de la presión ciudadana y, quizás, de un asomo de vergüenza de quienes ostentan el poder. La basura de Soledad se ha convertido en la metáfora perfecta de su gobierno: tóxica, pestilente e insostenible. Y al final, el único “verde” que domina el panorama es el que se fermenta bajo el sol.
Menos propaganda y más sanidad pública. Es lo mínimo exigible.

